Desde hace varios años la obra de Bela Gold ha fungido como un referente claro de la complejidad de la cultura contemporánea. El permanente contraste que ofrecen sus piezas entre el impacto estético, marcadamente bello, y la temática del Holocausto, ha puesto en evidencia la condición ambivalente de su propuesta artística, que se ha ido afirmando a fuerza de asumir y de hacer plena dicha contradicción. Con ello, la artista ha trascendido la dialéctica reductiva tan cara a múltiples manifestaciones del arte moderno y contemporáneo, obligadas a someter forzadamente (“armónicamente”) significados y significantes, bajo códigos de representación homogeneizantes y obvios. Así, en una línea opuesta al “arte comprometido” tradicional, a las manifestaciones del “nuevo realismo” (que intentan eliminar la construcción para dejar sólo lo “real”) o a las vertientes ocurrenciales del mainstream artístico que lindan con la publicidad, la obra de esta artista se perfila desde una expectativa conceptual que se identifica con abordajes teóricos que toman a la complejidad como piedra angular del conocimiento contemporáneo. Pienso en Edgar Morin y en la conexión que en este sentido invita a hacer desde su Método, con la obra de Bela Gold. El pensador francés fundamenta su visión de la complejidad en tres principios básicos: el recursivo, el hologramático y el dialógico. Este último, que aquí es oportuno recordar, “se basa en la asociación compleja (complementaria, concurrente, antagonista) de instancias necesarias juntas para la existencia, el funcionamiento y el desarrollo de un fenómeno organizado”. Permite, asimismo, “constatar la convivencia de los contrarios”, sin que alguno de estos deba anularse o fundirse en el otro. Partir de esta dialógica (diversa de la dialéctica convencional), permite liberar a los significantes de sus vínculos estabilizados con los significados, abriendo con ello las posibilidades creativas de la representación y de eficacia en el registro del significado. Una resignificación recompone los relatos, que dejan de ser “los de siempre”. El significado cobra nuevo sentido en la materia de los significantes que lo recrean, como sucede, por ejemplo, en narraciones sobre el Holocausto que plantea una nueva historiografía que trabaja con fábulas, alegorías y metáforas, orientadas a modificar el modo en que ha quedado inserto en la memoria cultural el horror de los campos de exterminio nazis… |