Porque uno decide ir a extraer conciencia de un trozo de materia, de una pasta espesa o de un fluido. Esto sencillamente no se explica. ¿Quiero acaso entender algo con ello? Algo que aclare la razón de estos días sin anclaje. Tener que llegar a la ceguera para tocar por un instante el arrobo de un lugar, de un tiempo, una presencia que se escapa siempre. Porque un color de pronto cobra la relevancia suficiente para acariciar el lomo de eso que no se sabe bien, pero se sabe a intuición o mera terca fe que está ahí detrás. Siempre detrás. Zonas vibratorias, un cuarto de luz que inunda mi espacio corporal y luego a escarbar de nuevo. A escarbar como un escarabajo. Formar madejas de mierda divina. Alguna vez vi piedras resonando en colores óxidos vibrantes. Una sinfonía que surcaba el espacio hasta una plataforma. Después sólo abismo, un horizonte lejano y difuso. Si acaso hubo vuelo ya no me pertenece. No fue el mío. No lo recuerdo. Fue, como se diría, en otra vida. En ésta, la de todos los días, muere alguien o alguien más es masacrado o despojado de algo, vida de impunidad absoluta. En esta realidad del irrelevante ser humano, la de la verdad inexistente, tirada y abatida. En estos días nuestros cada vez hay menos espacios para el vuelo. El alma está clavada a una rígida estaca ordenadora de un futuro vacío y predecible. Para qué entonces, si no es por no morir intoxicado de ello. Por no poder, como una tortuga, echar los huevos al mar y tener que escarbar en la arena. Cumplir con el ritual del huevo. |