La pintura abstracta ha sufrido, en la crítica y en la práctica, ciertos cambios en los que se acusan no sólo el derogamiento de la teleología modernista, sino también las cambiantes configuraciones con las que la teoría contemporánea define la subjetividad. Si el discurso modernista exaltaba la voluntad histórica de cambio y el progreso, en la actualidad la agencia y delimitación del sujeto suelen incrustarse en determinaciones más incuestionables como la identidad, el lenguaje o lo empírico. Para bien y para mal, la instancia generadora del arte se ve más en términos de coordenadas culturales, intrincancias semánticas o eventos constatables, todas instancias que no están teleológicamente comprometidas. El impulso subjetivo se descarga en humildes gestos hacia lo indiscutible, lo fortuito o lo estructural. En esta situación, en este contexto histórico la obra pictórica de Isabel Leñero resulta particularmente original y hospitalaria. En las pinturas de Isabel Leñero lo orgánico interactúa con lo sistemático. Progresiones geométricas se entrelazan con representaciones casi naturalistas del mundo vegetal. Intrincadas redes de hiedra conversan con series regulares de formas geométricas. A estas dos fuerzas generativas se agrega la intervención antojadiza, personalizada, de la autora que interrumpe y encapricha, enfatiza y niega los desarrollos inapelables. Esta intervención contamina, desestabiliza y jerarquiza el momento de encuentro, la conversación. El orden natural y la progresión geométrica no ofrecen en el trabajo de Isabel un solaz, un territorio desafectado por la intervención subjetiva. En Plano Ilimitado vemos un grupo numeroso de formas romboidales sobre la izquierda de la tela. La regularidad de las formas y su uniformidad cromática sugieren una progresión aritmética. Sin embargo estas geometrías son imperfectas y hasta idiosincráticas. Chorreantes y de un azul celeste improbable, los rombos parecen un cardumen laboriosamente nadando hacia la superficie. Acaso uno de los más sobresalientes aspectos que anima la obra sea de corte temporal. Antes y después de las formas, en la hechura y la selección, Isabel reivindica un espacio personalizado. Decíamos que Isabel no descarga en progresiones incuestionables la carga de su subjetividad. Las obras retienen la impronta de la artista de una manera inusual. Ningún color es ideal, todos están emotivamente adjetivados, todos han sido personalizados. Todas las regularidades son imperfectas o acusan una perfección tierna, deseada. En el fondo de Abanicos la simetría sólo es tal a primera vista. Una mirada sostenida revela múltiples irregularidades que singularizan el momento del encuentro con la obra. Ningún color primario. Salvo el bastidor, ninguna curva perfecta. La perfección que Isabel nos ofrece no es la de un mundo trascendente. Esta perfección no se desentiende de la mano que la hizo ni de los ojos que la miran. No se escapa de la tarde que la vio nacer ni de las dudas que la interrogaron. Esta perfección tiene los rastros de lo humano que la generó. Aparece no como una conclusión sino como un momento de particular plenitud en una conversación íntima. El movimiento que retorna de los motivos creados a la subjetividad que los engendró interrumpe el vaciamiento de la subjetividad en lo anónimo del “ser”, del significante o de lo constatable. Acaso uno de las posibilidades más ricas que haya abierto la retracción de los discursos ideológicos totalizantes sea un mayor acceso a lo singular de los momentos y de la gente. Con Isabel la conversación sigue. |