Desde hace muchos años Manel Pujol Baladas parecería que está buscando el cuadro abstracto perfecto. Sus aproximaciones en esta búsqueda han sido acompañadas por intensas investigaciones en el color e incluso en la manera física de aplicar los pigmentos y tratar al soporte. Por eso es usual ver piezas a las que ha roto el lienzo y atado cordeles como si quisiera ceñirlos y hacerlos parecer la cortina de un extraño teatro inexistente.
En un solo cuadro pueden coexistir los más rudos trazos y manchones de color junto con delicadísimas veladuras y accidentes fingidos colocados minuciosamente. Quizá por eso sus piezas desconciertan en una primera mirada, pero al poco de observarlas hay que recibirlas como quien se enfrenta a una persona nueva, llena de contradicciones listas para ser descifradas.
A diferencia de muchos creadores contemporáneos, Pujol conserva el espíritu de la escuela catalana de pintura, especialmente de aquellos fundadores como Tapies, Broto, incluso Antonio Saura con quien alguna vez compartió espacios en exposiciones colectivas de su juventud, y que tenían como norma enfrentarse a la tela o al papel de una manera brutal, sin dibujo previo, si acaso con el cuadro apenas formándose en su cabeza y que iba tomando forma bidimensional, como si fuese un nacimiento paralelo.
La serie de piezas hechas sobre papel a partir de la música de Giuseppe Verdi está trabajada con aguadas y carborundum. En estas obras, todas ellas en una rica gama de tonalidades grises, existen aún las 5 líneas del cuaderno pautado; las notas se ven a veces de modo muy claro y otras no tanto, pero el tema narrativo musical está siempre ahí. La serie de Verdi es intensa, oscura en apariencia y en su bitonalidad cromáticamente impecable, propositiva…
Pujol Baladas es quizá uno de esos raros autores contemporáneos que todavía creen en las musas, que saben que la inspiración existe como existe el poder de un poema para enamorar, que tienen por ley hacerle caso a los impulsos y a las ideas escucharlas solamente para pelear una posición política, no importa que sean sólo ejercicios de sostenimiento de una juventud militante; si algo queda, está en el recuerdo y el brío de seguir prestigiando una deliciosa brutalidad cada vez más en desuso.