Sede que es probabilidad de lugar anterior a toda idea de lindero, un accidente amparado por el celo del recorrido y taquicardia de su propia acción en marcha. Algo termina por empezar, Finisterre. Tu sede también es un hirsuto orden de tensores y latidos. Un anticipo de imagen anterior al siempre orgánico bostezo de las formas. Intervalo o frontera, pausa adherida a la continuidad. Una reacción química en las venas o en el cuajo o el desplazamiento de un olor entre lo informe que empieza a suceder o la marea baja en la inundación de las sustancias de la emoción o miseria de los hombres. Espirituosa escena de materia y moléculas en busca de un acuerdo para ser por fin contraste y semejanza del imán y sus espectros. Equilibro dentro de un orden que pone en vilo sus centros de gravedad, móvil contrapeso en la crisis del orden y el centro. La sede es incansable cuando exhibe sus recorridos, su movimiento detenido continúa en los desplazamientos del espectador. Toda lectura en la sede hace a la nariz elaborar naturales hipótesis para la múltiple dirección de las rutas que se le ofrecen. El sentido olfativo, neta marea, debe retirarse y acercarse para ver. Colocar la nariz al sesgo, luego de frente y de pronto para arriba o en picada. Acercarse y retirarse otra vez. El paradójico ir y venir de la mirada sedentaria. Ahí donde la atracción de los elementos dispersos elabora el efecto de la inventiva del fondo bruto, interno y enmascarado por el primer despuntar de las gaseosas y sólidas apariencias. Ahí, ¿Eso acaba de suceder y ahora sólo es posible ver (y oler) su aceitoso fantasma? O más bien nada ha terminado de ser todavía. Nada ha sucedido del todo, Finisterre, como si el fin del Principio que da lugar al comienzo, terminara su tarea al exhalar el vaho de su aburrida quijada, pues la sede no se alza sin el concurso de un inspirado instante de tedio para romper la inercia. ¿O puede que sean a la vez las maneras del fondo constante de la cosa esfumada y la cosa por venir? ¿Un momento del espacio en que lo único cierto es la probabilidad? Pero puede también que las cosas no sean de un modo ni del otro, Finisterre, se sabe que en tu suelo cada cosa es imposible, ahí todas las creencias se agotan hasta perder cualquier tipo de jugo o importancia, excepto tal vez la creencia en tu fenómeno sin nombre.
Por eso mejor la incierta sed, estarse quieto en el vaivén y beber donde mande la mirada de quien llega para oler la colorante intuición y sus aceites.
Por Ricardo Castillo