Los puntos del compás es una muestra colectiva a manera de investigación sobre la búsqueda de un lenguaje individual dentro de una cultura tradicionalista, pero inmersa en una sociedad global. La exposición intenta crear una conexión amplia para descifrar y reflejar cómo la experiencia contemporánea de Corea se encuentra entretejida dentro de un panorama internacional. Significa también una multiplicidad de perspectivas y ubicaciones más que un intento de descubrir un destino específico. Los artistas coreanos han adoptado rápidamente las nuevas tecnologías de la comunicación y la cultura de los medios masivos; su trabajo explora de manera perspicaz las complejidades acerca de los desplazamientos y la identidad personal, confrontando los estereotipos y preconcepciones culturales dentro de la sociedad actual coreana con la perspectiva occidental sobre las culturas de Oriente. Sus obras se destacan por la complejidad de su inventiva y por encarar la identidad personal, social y cultural a través de una expresión poética, pero codificada, inspirada en varios y diversos significantes históricos y culturales. De esta manera, pueden crear una intersección entre los ámbitos político, espiritual y social de otras culturas. Algunos de estos trabajos yuxtaponen las nuevas tecnologías con la iconografía tradicional con el fin de adentrarse en la naturaleza compleja de nuestros tiempos. Esta exposición funciona también como un puente entre naciones y culturas; los conceptos y la estética que proponen estos artistas puede a su vez proveer perspectivas alternas a los problemas de separación cultural y nacional que existen a nivel global. Para que el trabajo curatorial o artístico realmente capte y navegue entre estos “puntos del compás” -esto es, dentro del espectro de los problemas culturales generados por la globalización- es necesaria una apreciación liberal de otras culturas y de sus ideas. También puede requerir una evaluación crítica de los límites de la influencia del financiamiento de los proyectos y del contexto en que se llevan a cabo; en particular, debido a que nuestra llamada “era de la información” ha sido sustentada por corporaciones multinacionales que ejercen una influencia más allá de lo sutil en la forma en que asimilamos la información a través de las herramientas que ellas mismas han creado. No pretendo ignorar los numerosos aspectos altruistas de Internet, ni de quienes han contribuido a su estructura con software gratuito, me refiero, más bien a la estructura integral de la información que conforma nuestros más recónditos anhelos consumistas. En los intersticios de este palimpsesto informativo, los límites de la influencia y el ejercicio colaborativo de micro poder pueden ser difíciles de distinguir objetivamente de nuestros propios deseos y necesidades de consumismo. Sin embargo, si consideramos que una gran parte de las sociedades del mundo está libre de franquicias, que virtualmente no participa de este entorno informativo, que sus poblaciones tienen un nivel mínimo de acceso -o ninguno en absoluto- a las tecnologías de comunicación modernas, nuestras preocupaciones parecen triviales y ajenas a la realidad. En tanto que una parte de la humanidad se ve forzada, día a día, a procurarse un nivel básico de supervivencia, la otra parte hace sus compras mediante un teclado. Si bien la información accesible nos hace más conscientes de la difícil situación por la que otros atraviesan –especialmente de quienes se encuentran en tierras lejanas–, estamos tan saturados de toda clase de información que estas noticias pronto se convierten en escenas marginales. La tecnología, debido a su propia naturaleza, nos aísla, de modo que podemos asimilar, aunque generalmente, sin comprometernos. Lo que asimilamos atraviesa varios filtros. Mientras en algunas naciones la censura de la información puede ser ejercida de manera más evidente -mediante la limitación del tipo de información a que puede acceder la población- en nuestras sociedades abiertas podemos elegir no acceder a información crítica más allá de lo necesario para saciar nuestra necesidad de chisme y entusiasmo vicario. Preferimos abandonarnos a un estado de autocomplacencia y elegimos comida que satisfaga nuestro antojo en lugar de un verdadero alimento, aunque éste sea fácil de conseguir. Aún cuando podamos congratularnos de que la era de la información haya facilitado una descentralización del poder en nuestras sociedades con influencias procedentes de fuentes diversas, su resultado no ha sido realmente un menor control. Por el contrario, los industriales y los políticos están en posibilidad de ejercer su influencia con una fuerza mucho mayor a través de los distintos medios y formas en que sus mensajes pueden ser transmitidos en la actualidad. Internet encierra esa contradicción: mejora la democracia para aquellos que pueden participar a nivel crítico, al mismo tiempo que permite la entrada y control manipuladores de información al servicio de intereses comerciales y políticos. También debemos considerar que este desequilibrio global entre las naciones tecnológicamente avanzadas y aquéllas en vías de desarrollo permite a las primeras imponer su visión del mundo y exportar estas ideologías consumistas a terceros. Es cierto que la estética moderna es multicultural, pero casi siempre se trata de una forma de multiculturalismo que absorbe y fetichiza a otras culturas y abre sus mercados. Crea una situación donde las identidades nacionales y culturales son eventualmente reemplazadas por un consumismo que favorece a las economías de los países más avanzados desde el punto de vista tecnológico. Sin lugar a dudas, la globalización e Internet tienen aspectos positivos. Se trata de un terreno cambiante donde los paradigmas establecidos se suceden con rapidez. También ha mejorado la comunicación y la participación democrática. En el plano internacional, permite una colaboración cultural y artística que se habría considerado inconcebible hace menos de un par de décadas. Sin embargo, la manera en que accedemos y nos relacionamos con él, es decir, cómo lo aprovechamos y lo que recibimos de él, determina el sesgo para percibir nuestra relación con el resto del mundo. Los profesionales de la cultura capaces de interactuar crítica y políticamente con este medio y de reinventarlo con un propósito creativo -y por lo tanto, de evidenciar sus contradicciones y su dinámica-, tienen el poder de cambiar la forma en que concebimos nuestra relación con otras culturas. El examen de nuestro propio legado esclarece nuestra relación con los demás. Los puntos del compás es un puente entre naciones y culturas. La obra conceptual y artística de estos creadores puede ofrecer otras perspectivas ante los problemas de separación cultural y nacional que existen en el mundo entero. Los trabajos de los artistas de esta exposición tratan, en formas diversas, de tender un puente entre historia, cultura y medios de comunicación, así como de la transmutación de identidades que esto provoca. Ello es posible debido a que el arte coreano contemporáneo se ha forjado al calor de la agitación política y la reconstrucción social tras el periodo posterior a la Guerra de Corea hasta la recuperación económica de la década de 1980. Los artistas coreanos de las últimas décadas son producto de la agitación social y, por consiguiente, avezados en el cambio. Corea ha desarrollado y adoptado aspectos de las tecnologías de comunicación digital con tal rapidez, que la sociedad ha quedado inundada en todos los niveles por la cultura de masas, lo que pone de relieve una conciencia de ubicación en la cultura global y la necesidad de examinar de nueva cuenta la identidad nacional y personal. |