Concebida a partir de la dualidad, la obra de Sandra Pani explora la estructura original de la vida. Una vida única en la que el ser humano se fusiona con la naturaleza diluyendo las diferencias entre lo animal y lo vegetal. Una vida única en donde la figuración y la abstracción se fusionan delatando el armazón compartido del dibujo.
Admiradora de los árboles, Sandra Pani los ha convertido en el ancla de sus obras. Interesada en esa configuración corpórea que a través de raíces, tallos y ramas les permite estar al mismo tiempo en la profundidad de la tierra y en las grandes alturas, la artista se apropia discretamente de sus significados sagrados para sugerir que la vida tiene y es, un solo origen.
Enfocada en encontrar la estructura esencial de esa vida compartida, Pani ha desarrollado un método de trabajo que se basa en el ciclo de la creación, destrucción y creación. Sensual y sutil tanto en el trazo dibujístico como en la aplicación pictórica, la artista crea figuras humanas y vegetales fragmentadas que cubre y encubre para poder descubrir, en acciones gestuales, el sistema de las líneas orgánicas que ambas comparten.
Concentrada desde hace tiempo en el misterio de los blancos, la artista genera espacios de claridades difusas que nunca delatan si las figuras y formas evocadas emergen o se esconden. Espacios duales que enfatizan su ambivalencia a través de manchas que, de color rojo o café, remiten alevosa y falsamente a troncos, sangre y arterias.
Realizadas especialmente para el Museo Anahuacalli, las cinco series -cuatro de pinturas y una de dibujos- que presenta Sandra Pani en la exposición Dualidad y Transformación establecen un diálogo con la dualidad y fragmentación corpórea del universo mítico prehispánico.
Interesante en la trayectoria de la artista es el conjunto de los dioses a los que está dedicado el museo: Tláloc, Huehuetéotl, Ehécatl y Chicomecoátl. Con referencias simbólico-abstractas al agua en el primero, el fuego y cuerpo de Huehuetéotl se transfiguran en manchas rojas y negras que, expandidas y lineales, concentran la fuerza en una abstracta evocación al erotismo de la reproducción. En este conjunto también sobresalen los autorretratos de la artista que dan rostro al dios del viento Ehécatl, enfatizando su dualidad, y a la diosa del maíz Chicomecoátl, en cuya figura la estética kitsch de su actitud corporal, al involucrarse con el dramatismo del color sangriento del torso y del interior del cráneo, evidencia la convergencia de la contradicción.
Inquietantes por su ambivalencia, iluminación y desfiguración, resultan las Transmutaciones entre cuerpos fragmentados y árboles. Transfiguraciones vegetales y corpóreas que se continúan en los elegantes y grandes dibujos, en los que se transmutan ambivalentemente estructuras óseas humanas en estructuras vegetales.
En este contexto de evocaciones sutiles, la referencia directa a fragmentos corpóreos genera un contrapunto, que se enfatiza por la diversidad de las múltiples manos pintadas y dibujadas en el Políptico de 36 piezas y en la serie de Cuerpos Árboles.