Lilian Duering emprendió en su Argentina natal una carrera en la escenografía de teatro, formación que a todas luces ha moldeado el método de composición de sus cuadros, especialmente en lo que atañe a la concepción del espacio urbano —un campo temático que ha cultivado durante años y del que quizá quiera desviarse ahora. En su obra actual, subsisten aquellas ciudades representadas a modo de escenario, y que se dislocan en estructuras fragmentadas por planos cromáticos cuya geometría contrapuesta bien podría trasladarse al orden tridimensional. Ciudad proscrita, Ciudad oculta, Ciudad acústica, son ejemplos elocuentes, no sólo de esa tendencia a visualizar el espacio cual un escaparate poliangular y cóncavo, sino también de la atmósfera crepuscular que ha bañado hasta ahora la pintura de esta autora. No en balde Raquel Tibol subrayó, hace tres lustros y con motivo de su primera exposición individual importante, "Jardín de las delicias. D. F.", en el Museo del Chopo, la inclinación "neogótica" de su compatriota —como ella, expatriada—, y con ello la sobria elegancia de su factura: "En sus cuadros de gestualidad controlada, en los cuales anima ambientes urbanos interiores y exteriores, evita las actitudes bruscas que pudieran alterar un clima meditativo de gracia. Un tono de intimidad le permite representar mejor la sustancia de los personajes, las cosas y las convulsiones de la naturaleza. [...] Su disposición a formalizar no acepta el in promptum, sino tareas de composición sopesadas lentamente para evitar la precipitación de contenidos superficiales." La obra entera de Lilian Duering despide una tenue sensación de desolación, de soledad, de fatalidad ominosa. Sin embargo, su carrera, pausada y desprovista de fracturas, refleja un aplomo discreto y cierta postura distante sin desapego: una serenidad innata. Se advierte hoy en el trabajo de Duering un oscilar entre la dicha contemplativa y una tentativa de reflexión en torno a las problemáticas inherentes a las sociedades contemporáneas, en particular la tiranía del consumo... que quizá se hace extensiva al mercado del arte, así sea de manera sesgada. Somos códigos espeta la presente colección, y gran parte de la obra pictórica y gráfica que reúne se concentra en el ícono a cuyo asedio difícilmente escapa uno en cualquier circunstancia de la vida cotidiana. De sobra lo sabemos: el "código de barras" es un conjunto impreso de líneas de distinto grosor y de números asignados a ellas, que sirve para la identificación de un producto comercial mediante lectura óptica. Recurre la autora a este diseño básico con el único propósito de desmaterializarlo y desconfigurarlo. Se dice fácil, pero quizá no haya nada más laborioso que trabajar con lo rudimentario. Incorpora ese monótono sistema digital de signos y reglas a distintas propiedades del entorno, ora de manera literal, ora mimetizándola con la arquitectura y los vaivenes del tránsito. Esa trama gobierna el ritmo gráfico de los dibujos y las serigrafías, como aquella crónica de instantáneas metropolitanas que desenrollan los 15 metros de un delicado papel japonés. El trazo es veloz, febril, cual si obedeciera al estrés del tráfago diurno. En los acrílicos de caballete, empero, la efervescencia se apacigua y da cabida al panorama de un horizonte quieto, suavizado por una leve neblina que concurre a acallar el trajín de los ejes viales y abstraer el elemento humano. El crepúsculo es la claridad que precede a la salida del sol o que queda después de su puesta. Se ignora si es la aurora o el ocaso vespertino el que hace emerger esas escenas barridas por ventiscas o suspendidas en la bruma, dispuestas como naturalezas muertas en que edificios, enseres y multitudes abocetan dramas en que no se desencadena otro suceso que el hipnótico juego de vórtices, poliedros y variaciones tonales de negros, plomizos, grises azulosos, malvas y naranjas rosáceos. El lenguaje de Lilian Duering es melancólico, tirando a austero. Será, pero aclaro que su vocación lírica no mengua con el andar de los años. Así lo indica su cuarteto de telas apaisadas con paleta bruñida, La mañana en plena noche, Estela, Fábrica de sueños y Jardín en blanco y negro, que levantan el telón sobre sofisticados territorios de ciencia ficción, ensueños de firmamentos que mudan en suelos graníticos transitados por espectros prehistóricos, lamida su superficie por humores orgánicos. Todo un cosmos en que moléculas y cometas describen trayectos empecinadamente deleitosos, sin punto muerto. Aire, hechizo y tangibilidad: éstas son las reminiscencias que suscitan la pintura y la gráfica de Liliana Duering, y que poseen el potencial discursivo y la sustancia expresiva suficientes para augurar s orpresivos desarrollos por venir. |